23.7.17

Llegando a New York por barco, como todos ellos


Cuando llegas en barco, empiezas a ver esa bienvenida escultural que te entrega la Estatua de la Libertad. Eres siempre inmigrante, aunque creas que estás por encima. Y a tu derecha empiezas a ver la luz de la Gran Ciudad. Lo de menos es la estampa que se adivina a continuación, la silueta de los rascacielos. Lo único importante es que tienes la misma sensación que millones de europeos que hace un siglo creyeron que estaban a punto de entrar en el Nuevo Mundo.

Tócale la cara. Es real

Era real. Totalmente real. Yo dudé al principio, pero me dijeron: Tócale la cara.

Y efectivamente, se la toqué. 

Y sí, era de madera real.



Jazz en New York, al ritmo de sartenes

Sonido de sartenes, de elementos cotidianos, al ritmo de un músico en New York. 

El silencio se suele mejorar con la música, aunque sea irregular. 

En este caso era muy aceptable y jazzística alegre.


Incluso la luz es húmeda

Este monasterio en Orense, el de Santa María de Oseira, me produjo esas sensaciones de tristeza de los monasterios hechos para sufrir. Todavía está habitado, pero las humedades y las oscuridades de sus zonas de paso me produjeron temblor. ¿No hay un sitio peor? Al salir hacia la luz del claustro, entendí que incluso la luz es húmeda.

Las esculturas que siguen multiplicándose

Una escultura tiene la suerte de ser muchas esculturas. Depende del punto de vista del observador. Por eso la escultura es muy dúctil para ser fotografiada y continuar con ella, formando otras esculturas.

Camino al cielo, con parada intermedia

New York. 2017. Lugar para mirar al cielo
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